domingo, 11 de octubre de 2009

Advertencia

Último día de la semana, y vaya que semana. Conocí mucha mas gente en la escuela. También seguí hablando bastante con Chad. Era curioso, pero siempre aparecía cuando estaba conversando con algún otro chico. Pero no le di importancia, debía ser sólo coincidencia. Por ahora, sólo quería que terminara el día. Si bien la escuela era agradable, no dejaba de tener su lado estresante. Con trabajos, tareas, y clases. Aunque aquí no eran tan exigentes como en otras escuelas en las que había estado. Y eso me gustaba.

Era el primer receso, Aly estaba con su novio y yo me escapé nuevamente de sus amigas. Iba caminando algo distraída por el patio trasero de la escuela, sin fijarme por dónde iba, ya que estaba leyendo un texto que nos dieron en Historia, de pronto escuché que alguien gritaba mi nombre, seguí caminando pero me giré hacia atrás, y me golpeé fuertemente contra algo, y luego caí al suelo, dejando caer mis libros y el texto que tenía en las manos.

– Perdón, ¿estás bien? – dijo el chico.

– Sí. Estoy bien. – me tendió la mano y me ayudó a levantarme. Sí, era él nuevamente, el chico misterioso.

– Disculpa, en serio, fue mi culpa. –

– No, yo me di vuelta… también es mi culpa. –

– Supongo que tendremos que acostumbrarnos a chocar. - rió - Toma. – y me entregó el texto que había olvidado en el piso. Me sorprendió un poco su amabilidad, ya que antes me había hecho pensar que era un estúpido sin modales.

– ¡Meg! – gritó alguien. La misma voz que me había hecho girar hace un rato y quien provocó que chocara. Miré hacia el lado y era Chad. Por supuesto, ¿quién más?

– Hola Chad. – le dije sonriendo. Definitivamente ahora me caía mucho mejor. Me sonrió y luego miró al chico que me acompañaba… ehm… diablos, no sé su nombre.

– ¿Qué ocurre? – preguntó.

– Nada, es que choqué con este chico. Gracias a tus gritos – reí. Él sólo siguió mirando al chico con el ceño fruncido. – Por cierto, ¿cómo te llamas? – le pregunté amable.

– Perdona, no me había presentado. Me llamo Jared. ¿Y tú? – estiró su mano hacia mi.

– Meghan – estreché mi mano con la suya.

Chad comenzó a carraspear. Soltamos nuestras manos, y yo lo miré.

– ¿Pasa algo? – le pregunté.

– Quería hablar contigo. – respondió. – A solas…– miró de reojo a Jared.

– Bueno, supongo que mejor me voy. Adiós – dijo él retirándose.

– Y bien, ¿De qué querías hablar? – le pregunté a Chad, cuando el chico se había ido, y ya habían pasado unos segundos, y sólo me miraba con el ceño fruncido, sin articular una palabra.

– Yo… – dudó unos segundos, pero luego prosiguió – Nada en realidad. Sólo quería que ese tipo se fuera. –

– ¿Por qué?, ¿No te agrada? – había notado eso desde la vez pasada que choqué con él, donde también había estado Chad, quién se mostró muy disgustado por su mala educación. Y ahora, ni si quiera se habían saludado.

– Claro que no. – dijo haciendo una mueca extraña. – ¿Acaso a ti si? –

– No lo conozco. – dije y levanté mis hombros.

– Será mejor que ni te acerques a él. Es muy raro. No quiero que nada malo te pase Meg. –

– ¿Por qué lo dices? – pregunté extrañada. A mi no me parecía un tipo raro. No era de lo más amigable, ¿pero raro?, no había llegado a ese punto de prejuicio contra él.

– No lo sé, es como el chico raro de la escuela. No habla con casi nadie, no va a fiestas. Y lo he visto en la biblioteca, siempre pide libros… de verdad extraños. – recordé de inmediato el titulo del libro que estaba viendo el primer día de clases, “Demonio de ojos rojos”. Bueno, sí, eso es algo raro. – Todos dicen que es una clase de brujo o psíquico. – concluyó. De inmediato comencé a reírme. ¿Brujo?, ¿Psíquico?, vaya qué mente tienen los chicos de esta escuela. Al rato, escuché que Chad también se reía.

– Bueno, supongo que los chicos que dicen eso también son algo raros, ¿no? –

– Ya lo creo. – le dije yo, y calmé mi risa.

– Pero en serio, es raro. Sólo… no te juntes con él. Lo digo por tu bien. –

– Está bien. No te preocupes, nunca he hablado con él, además de hoy. –

– Y no estás interesada en él, ¿verdad? –

– Claro que no, ¿por qué crees eso? –

– No lo sé. –

– ¿Acaso estás celoso? – le pregunté de improviso. Sus ojos se abrieron como platos.

– N-no, claro que no. – titubeó. Luego sonrió, me abrazó y me dio un beso en la mejilla. – Nos vemos después. – dijo, y se fue.